Tiene toda la razón wefer cuando dice que el debate no debería plantearse en términos del "y tú más", aunque no creo que esa fuera la intención última de 437.001, o más bien era un simple
obiter dicta dentro del conjunto de su razonamiento, que en buena medida comparto.
La imposibilidad de acuerdo parte de dos concepciones distintas de los fines del transporte ferroviario, que hoy en día, en Cataluña, se confunden con posicionamientos políticos distintos en torno al único tema de la vida pública desde hace ya unos cuantos años, y que por su obviedad no merece la pena ni siquiera citarlo.
Para unos, la red ferroviaria solo se justifica en la medida en que sirva de refuerzo para la competitividad de las regiones más desarrolladas en términos industriales y demográficos. Cualquier otra inversión es un malbaratar recursos completamente irrazonable y sólo puede entenderse desde una realidad a priori, es decir, que el gobierno trabaja contra los intereses de estas regiones más desarrolladas y, específicamente, contra Ponilandia. Este razonamiento tiene, antes de entrar incluso en detalles, dos puntos débiles evidentes: el primero es que precisamente ese gobierno, como los anteriores, comparte en lo sustancial esta visión, tanto en ferrocarriles como en infraestructuras en general, de tal manera que la primera Comunidad Autónoma que en tener todas sus capitales de provincia conectadas por AVE, así como sus puertos con ancho europeo, es precisamente la que se duele de su abandono. El segundo punto débil es que sus defensores, lejos de estar imbuidos de objetividad, pertenecen precisamente a la región antedicha, y por tanto lo que hacen, con sofisticación de argumentos, es simplemente un castizo barrer para casa de manual.
Para otros, entre los que me incluyo, la existencia de una red ferroviaria no encuentra su única justificación en el refuerzo de los más desarrollados, sino que tan loable propósito debe combinarse con otros fines, igualmente legítimos y necesarios, como el reequilibrio demográfico de España, que precisa de vida económica en las zonas en proceso de despoblamiento y comunicaciones ágiles para ir y venir de ellas. Esta finalidad más amplia forma parte de la historia del ferrocarril, está en sus genes, de tal manera que hay ciudades creadas incluso al socaire de un nudo ferroviario, por no hablar del caso norteamericano. Esta finalidad más amplia también encuentra fundamento en criterios de justicia distributiva (tantos impuestos paga un ciudadano de Villanueva de Córdoba que uno de Figueres, a igualdad de renta), de lógica económica (los países más desarrollados distribuyen con mayor armonía que el nuestro sus polos de desarrollo), de calidad de vida (no todo a de ser vivir hacinado en el área metropolitana) y de respeto medioambiental (una excesiva concentración de actividades humanas arrasa el entorno, como sabemos quienes vivimos en BCN-TGN). También por una cuestión egoísta: Quienes no tenemos coche, ahora tenemos la ocasión de ir a la región de El Pedroche, que he visto que parece hermosa, con nuestros hijos y esposa, sin sufrir dos horas de coche de línea desde Córdoba, cosa que nunca hubiéramos hecho. Es decir: Abre un nuevo horizonte a los desprovistos de automóvil pero provistos de familia.
Eso no quiere decir que no deba invertirse en mantener la productividad de las regiones con mayor intensidad de capital humano y productivo. Pero ese fin, si se convierte en único, si se santifica como verdad revelada, le quita toda la gracia al ferrocarril, lo convierte en un tren minero para morlocks, en un metro gigante con algunos tramos en superficie, en vez de ser lo que siempre fue: una forma de abrir horizontes, de escapar del paisaje local de cada cual, de relacionarse más allá de las fronteras de la comarca (quien haya hecho de joven interrails entenderá a qué me refiero), de llevar luces a zonas olvidadas, de rescatar de la rutina a regiones adormecidas por el inmovilismo.
Por ello, a mi juicio, los dos, tres o cuatro millones de euros invertidos en abrir el norte de la provincia de Córdoba al ferrocarril están bien invertidos, me alegro por sus habitantes y me alegro por mí; y por cada mejor lugar a donde haber destinado ese dinero, se me ocurren cientos y cientos de lugares infinitamente más estériles contemplados en los presupuestos de nuestras administraciones donde fácilmente podían haber sido enterrados
senza gloria né onore.
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